Tus amigos esperaban afuera y mi madre arriba.
Dos segundos después ya estabas humedeciendo tus dedos con mi cuerpo. Yo ya había terminado con los impedimentos, mordía de poco en poco tu cuello sintiendo como tu sangre ebullía y descendía cediendo, así, a nuestras necesidades.
¡No traigo condón!
Entonces coloque mis llaves en el piso, te pedí que sujetaras mi bolso y saqué de mi cartera el último. Mientras lo abrías yo me hincaba frente a ti y te besaba…
La primera vez que te vi fuiste el pretexto para parar una relación, pero que más podía pasar si desde entonces tus manos descubrían la suavidad y redondez en la oscuridad de mi cuerpo.
Bailamos. De vez en cuando nuestras miradas se toparon, no así nuestros deseos, esos estaban en constante compenetración.
Nos dijimos adiós, los tres, los tres dijimos adiós. Mire al suelo y ahí estabas, impreso en papel. Te tomé y llevé conmigo. Así fue como volví a verte y tú a recorrerme.
Yo conducía el auto, tú mi placer.
Nunca llegamos al final. No quise. No hablamos de nada. No, nunca nos permitimos penetrar-nos. No, hasta esa noche.
Te di el condón, mi espalda y el resto de mi cuerpo...
Sin adeudos, Alonsa.
1 comentario:
De unas semanas para acá checo este blog por la morbida curiosidad sobre las pasiones de las mujeres, a demás de compartir amistades y amistad con Mich.
Gracias por compartir esos recovecos tan extraños a la mente del hombre en manos de la mujer contemporánea.
Seguire en contacto
Publicar un comentario